Hoy se me salieron las lágrimas.  Fueron más de cien horas leyendo Cien Años de Soledad (o CAS, como le dicen los entendidos) y hoy, en el trayecto del bus, leí las últimas líneas.  Es como si me fuera despidiendo de un amigo que me ha acompañado durante un buen tiempo por todos los lugares andados.  Eso no me pasa con más nada que con los libros.  Aureliano Buendía pensando y haciendo el recuento de su vida y la de los Buendía: “y todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.  Y es eso.  Cien años no se repitirán para aquellos que no llegaron a culminar las 471 páginas de esta obra que para muchos es un laberinto en la familia incapaz de llegar al fin.  Para mí, fue un placer haber llegado.  Ya hasta se me había pegado la epidemia de no poder dormir, que dicho sea de paso, qué imaginación fantástica la de Gabo (vaya intimidad!) de crear semejante epidemia.  Vivir el día y la noche.  Es una pesadilla, no? 
Cien Años de Soledad me hizo sentir en Macondo, que podría ser Panamá o São Paulo.  La gente nunca cambia y las costumbres siempre son las mismas.  Las leyendas, las creencias, las supersticiones, las familias, la lujuria, el machismo.  Es increíble cómo es tan vigente el tema.  Increíble también es ver cómo es verosímil esta história que tiene colas de cerdo en los niños nacidos de relaciones entre parientes, o la alfombra voladora.  Lo mágico es tan real, que uno se pierde en lo fantástico y se enreda en lo real.
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