Llegó la época de trabajos temporarios para los gorduchos, los enanos, la gente que canta, las bandas, y los que tienen máquinas que fabrican nieve.  Caminando por la avenida Paulista me deparé con la casa de Santa llena de inmensos regalos y un coro de niños que parecía venir del sótano.  En realidad no había un sólo niño.  Era un CD con la voz de todos ellos.  Paso por otro banco y veo otra casa, esta vez más grande y con más tecnología “para atraer a las familias”.  En el Parque Ibirapuera, un árbol de 7 metros y 100 bolas iluminadas (qué bolas!) está causando grandes congestionamientos porque sobre él CAE NIEVE!  Y me pongo a pensar que la Navidad se ha vuelto un espectáculo pirotécnico y de consumismo más en el calendario de locuras del año.  Para mí, la Navidad sigue siendo época de comunión con la familia y amigos, una preparación para recibir el año nuevo con las baterías bien carcagas y una meditación a conciencia sobre las cagadas cometidas y que no podemos volver a cometer. 
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