Tarde lluviosa y fría en São Paulo.  Perfecto para quedarse enfrente al televisor, en pijamas y medias.  No para mí.  Perfecto para aprovechar una invitación a una de las salas de conciertos sinfónicos más importantes y lindas de América Latina: la Sala São Paulo.  Después de una restauración majestuosa y de millones de reales invertidos, la antigua estación de trenes Sorocabana se convirtió en palco de grandes conciertos con las mejores y más famosas orquestas sinfónicas de Brasil y el mundo.  Hace tiempo quería ir a este espacio cultural.  Valió la pena esperar.  Su arquitectura y la disposición del palco y los balcones es algo que nunca había visto en otros teatros.  Entendí por qué es considerada la sala con mejor acústica en toda América Latina. 
Como todo lo que estaba sucediendo en São Paulo era una conmemoración de los 100 años de inmigración japonesa en Brasil, la tarde de ayer en la Sala São Paulo no sería diferente y tendría al mando de la Orquesta Sinfónica de São Paulo al Director de la Filarmónica de Osaca y de la Sinfónica de Barcelona, el maestro japonés Eiji Oue, que no pudo comparecer por problemas de salud.  Después me enteré, en el behind the scenes, que esta “excusa” es de las más usadas por maestros.  Talvez prefirió irse a tomar unas copas por ahí.  El maestro de la noche fue John Neschling, considerado uno de los mejores en el mundo.  Yo no entiendo mucho de música clásica, pero Neschling no me llegó al corazón.  Me gustan los maestros con melena vasta que muevan la cabeza y los brazos con vigor y con mando.  Talvez esta exigencia mía sea de las cosas menos importantes entre los entendidos.  hahahaha. 
En el programa, Igor Stravinsky y Johannes Brahms.  El primero, denso y violento como Rage Against the Machine.  El segundo, más bossa nova, con el perdón de los puristas. 
 
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