Cuánto dolor puede soportar un ser humano?  Cuánta amargura puede caber en un solo corazón?  Cuántos sueños inalcanzables pueden desvanecerse en la vida de una persona?  En “Memorias del Subsuelo”, Dostoievski submerge en lo más profundo del alma humana, un alma perturbada por los fantasmas de la soledad, de la falta de cariño, de la locura, del ánsia de querer ser aceptado en una sociedad que está constantemente cobrando un cierto estilo, un cierto look, un cierto todo que muchas veces no tenemos.  En una escena (porque me parece que estaba viéndolo en el siglo 19, en las calles de un San Petesburgo frío, húmedo y gris), el protagonista está tirándole encima a una linda prostituta que se encontró en un próstibulo, toda una carga de verdades, maldiciones, odios y repugnancias que él mismo siente de sí, sobre cómo, si ésta muriera, nadie se importaría por ella, por su entierro, por su alma.  Una manera de decir en voz alta todo aquello que lo angustia y que él no tiene valor para aceptar.  “Tu nombre desaparecerá de la superficie de la tierra como si no hubieses existido nunca, como si ni siquiera hubieras nacido. Lodo, pantanos… Golpea cuanto quieras la tapa de tu ataúd por la noche, a la hora en que se levantan los muertos. “¡Dejadme salir, buena gente! ¡Quiero ver la luz! He vivido sin vivir; mi vida ha sido una alfombra para los pies de los hombres. La devoraron y terminó en la plaza del Heno. ¡Dejadme salir, buena gente! ¡Quiero volver a vivir!”
¿Qué sabe la razón? Únicamente lo que ha aprendido (nunca sabrá más, seguramente. Esto no es un consuelo, pero no hay que disimularlo). En cambio, la naturaleza humana obra con todo su peso, por decirlo así, con todo su contenido, a veces con plena conciencia y a veces inconscientemente. Comete algunas pifias pero vive.”
Pareciera que Dostoievski está hablándole a su yo, a esa persona que él no comprende y que está solo en este mundo.  Un alma que quiere ser amada.  Pero no es eso que todos queremos?  Amar y ser amados.  Pueden decir lo que quieran, pero a eso de limita nuestra existencia.
“¿Por qué no te vas? Pero entonces ocurrió algo extraordinario. Ya estaba tan habituado a pensar y a soñar de acuerdo con los libros, y a ver las cosas tal como las había creado previamente en mis sueños, que en el primer instante ni siquiera me di cuenta de lo que ocurría. He aquí lo que sucedió: Lisa, a la que había ofendido y pisoteado, captó mucho más de lo que yo esperaba. De todo lo que le había dicho, comprendió lo que comprende la mujer cuando ama sinceramente: que yo era desgraciado.”  Una vez más, la sabiduría la mujer vence los devaneos masculinos.
 
 
 
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