Confieso que esperaba que esta película fuera leve, suave y dulce, como suelen ser las películas japonesas con esa suavidad de palabras que las caracterizan.  Ganadora de Oscar de Mejor Film Extranjero 2009, Okubirito está llena de metáforas de la vida y de la muerte, tratando el tema de una manera dulce, levantando cuestiones sobre el prejuicio, el recomienzo, las relaciones, la familia y, claro, la muerte.  La historia se trata de Daigo, un violoncelista que trabaja en una famosa orquesta en Japón, y que acaba de enterarse de que la orquesta se desintegró.  Ahora, qué hacer?  Era su sueño tocar el violoncelo, pero quién va a contratarlo si hay millones de otros mejores que él?  Deprimido y triste, le dice a su mujer que es el fin y que talvez sería mejor volver a su ciudad natal, una pequeña ciudad.  Para su sorpresa, a su mujer no le parece mala idea y se van rumbo a lo desconocido.  Decide buscar empleo y encontró un anuncio en el periódico que prometía buen sueldo y no pedía experiencia.  Al saber que el empleo era el de ser “preparador” de cadáveres para funeral, tiene mareos, vómitos, conciencia pesada.  Cuestiones de la muerte son retratadas de manera única y bella, ceremonias que los occidentales no tenemos como oficio.  La muerte pasa a estar presente en su día a día, así como la vida.  En una escena, el protagonista, el guapísimo Masahiro Mitoki, está contemplando el río que pasa por la pequeña ciudad donde vive.  Él está viendo los salmones en su lucha por vencer la corriente y llegar al otro lado del río, cuando ve dos salmones muertos flotando en la misma corriente.  Un señor que pasaba por el puente, para y le pregunta qué pasa.  Daigo, el protagonista, le dice que no sabe por qué los salmones luchan por vencer la corriente si al final ellos saben que van a morir.  El señor sabiamente le dice que talvez es eso mismo lo que buscan, llegar al lugar de donde salieron.  Okuribito es una película para ver, llorar, pensar, meditar, preparse. 
 
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