No siempre la Navidad tiene un sabor dulce.  Para muchos es algo amarga.  Para mucha gente, significa reunirse con la familia, pasarla increiblemente bien conversando sobre sus vidas y la vida de los otros.  O bien podría ser pasarla en un bar con los amigos, bebiendo y divirtiéndose al ritmo de The Killers.  Hay quienes odian esta fecha, por el simple hecho de que es una fecha familiar y sus traumas familiares talvez salgan a relucir justo en esta noche.  Para mí, la Navidad tiene un gusto dulce, un olor de ron ponche y frutas.  Cuando vivía en Panamá y aún estábamos todos juntos, recuerdo el alborozo que se formaba a la hora de cocinar el saril (o en inglés, gooseberry) para la “chicha”; o cuando Osama traía las moñas (brioche) con aquel olorcito de huevo fresco; o cuando Odette, mi tía siempre recordada, comenzaba a hacer el dulce con su libro de recetas al lado.  Y hablando de libro de recetas, dónde habrá ido a parar ese libro?  Espero que alguien lo haya guardado para sí y le sea de mucha utilidad.  Yo, como nunca tuve mucho talento en la cocina, me dedicaba a limpiar la casa para que todo estuviera limpiecito a la hora de la cena.  Recuerdos lindos de una época que no regresará nunca, pero que siempre estará en la memoria.  Hoy, casada con Paulo, viviendo en Brasil y con unos años más, celebro la Navidad con mucho amor.  El verdadero sentido de la Navidad es hacer de este día la continuación de la felicidad que uno ha conquistado.  Feliz de estar viva, de tener una persona a mi lado que me ama, de poder retribuir ese amor y de vivir el lado simple de la vida: más siendo, que teniendo.  Ayer, Paulo hizo una cena especial, brindamos al amor y a la vida.  Brindamos también por que todos puedan abrir sus corazones para el amor. 

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