La noche había caído sobre la casa, y ellos seguían en los sillones, en la galería, con las luces apagadas, salvo un velador atrás en la sala, mirando el jardín tranquilo y las luces del otro lado de la casa.  Al rato, Sofía se levantó y puso un disco de los Moby Grape y se empezó a mover bailando en su lugar mientras sonaba “Changes”.

– Me gusta Traffic, me gusta Cream, me gusta Love – dijo, y se volvió a sentar-.  Me gustan los hombres de esas bandas y me gusta la música que hacen. 

– A mí me gusta Moby Dick.

– Sí, me imagino…a vos te sacan los libros y te quedás en bolas.  Mi madre es igual, sólo está tranquila si está leyendo…Cuando deja de leer, se pone neurasténica. 

– Loca cuando no lee y no loca cuando lee…

– La ves ahí…?, ves la luz prendida…?

Había un pabellón del otro lado del jardín, con dos grandes ventanales iluminados en los que se veía una mujer con el pelo blanco atado.  Parecía estar en otro mundo.  De pronto se quitó los anteojos, levantó la mano derecha y buscó atrás, a tientas, en un estante de la biblioteca que no se alcanzaba a ver, un libro azul, y luego de ponerse la página contra la cara, volvió a calzarse las gafas redondas, se arrellanó en el alto sillón y siguió leyendo. 

– Lee todo el tiempo – dijo Renzi.

– Ella es la lectora – dijo Sofía. 

Capítulo 12, Blanco Nocturno, Ricardo Piglia

Mi madre a veces se olvida los libros que ha leído en los sillones del jardín.  No sale casi nunca al aire libre, y cuando sale usa anteojos oscuros porque no le gusta la luz del sol, pero a veces se sienta a leer entre las plantas, en primavera, y suele murmurar mientras lee, nunca pude saber si repite lo que está leyendo o si – como yo mismo suelo hacer a veces – habla sola en voz baja porque los pensamientos le suben como quien dice a los labios y entonces habla sola, vaya a saber, o quizá tararea alguna canción, porque siempre le ha gustado cantas y yo de chica he amado la voz de mi madre que me llegaba a veces desde el fondo de la casa cuando ella cantaba tangos, no hay nada más bello y más emocionante que una mujer – como mi madre – joven y bella cantando sola un tango.  O tal vez reza, talvez dice alguna plegaria o pide ayuda, mientras lee, porque lo cierto es que sus labios se mueven cuando está leyendo y no se mueven cuando deja de leer – contaba Sofía -.  A veces se queda dormida y el libro se le cae en la falda y al despertar parece asustada y vuelve rápidamente a “su guarida”, como llama mi madre al lugar donde vive, y se deja el libro olvidado y ya no se anima a salir a buscarlo. 

– Y qué lee? – preguntó Emilio.

– Novelas – dijo Sofía -. Llegan en grandes paquetes una vez por mes las entregas para mi madre, las encarga por teléfono y siempre lee todo lo que ha escrito un novelista que le interesa.  Todo Giorgio Bassani, todo Jane Austen, todo Henry James, todo Edith Wharton, todo Jean Giono, todo Carson McCullers, todo Ivy Compton-Burnett, todo David Goodis, todo Aldous Huxley, todo Alberto Moravia, todo Thomas Mann, todo Galdós.  Nunca lee novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce. 

Capítulo 13, Blanco Nocturno, Ricardo Piglia.

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