Había una vez un pueblo donde las personas eran transparentes y nadie sabía que el “otro” existía.  En los elevadores, se notaba que la puerta se abría, pero el silencio era tal, que no se sabía si era un mosquito o alguien que había entrado.  Nadie se veía, nadie se sentía.  Todos estaban tan submergidos en sus propios problemas, en sus propios pensamientos, en sus propias vidas que no se daban cuenta de la cantidad de humanos que los rodeaban.  Al pasar uno al lado del otro, era como si nada, pues no conseguían verse.  Las palabras mágicas como “permiso, gracias, buen día, buenas tardes, disculpe, buenas noches, feliz Navidad, etcétera y tal” no existían.  Las personas, al no verse cara a cara, se tropezaban, se pisaban y sus vidas seguían, sin darse cuenta de lo que estaban perdiéndose al no ver a los otros.  

Un día, un de los “otros” tomó el elevador y dijo “buen día”.  Hubo pánico en el elevador.  Las personas no sabían qué hacer.  Unos dijeron “buen día” casi de manera inaudible.  Otros intentaron decir “buen día” pero la voz no salió y sólo se vió el movimiento de sus labios.  Otros dijeron “buen día” con una voz amigable que ellos aún no conocían.  Era como si alguien se hubiese atrevido a abrir una puerta desconocida y algunos se hubiesen dado cuenta de lo que había más allá de esa vida sin sentimientos ni el cariño diario que a muchos de los “otros” nos gusta.  

Hoy, pasados algunos años, las palabras continúan mágicas y todo el mundo se ve a la cara.  La época de la transparencia acabó.  Ya no se escuchan los silencios, sólo el buen día de las personas.

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