Estoy de vuelta.  Después de un mes lleno de sorpresas, comida, amor, cariño de familia y amigos, llegué a la ciudad de la llovizna incesante, a la ciudad donde el verano puede también ser invierno u otoño, São Paulo.  A pesar de sentirme tan parte de aquí, me siento también parte de la ciudad que me vió partir a los 19 años.  Panamá ya no es la misma desde que salí un 13 de febrero de 1984.  Panamá se volvió una mujer histérica, exigiendo su independencia y creciendo por todos lados.  A sus 493 años ella exige ser tratada como gente grande y ser amada como mujer, con todos sus defectos y virtudes.

Extraño cómo cinco años pueden hacerle sentir a uno la distancia, esa distancia que te separa de lo que en el pasado fue tan parte de ti.  Cinco años sin la brisa de verano y sin las tormentas maravillosas que te hacen participar de la naturaleza en vivo.  Cinco años sin el acento “sabrosón” de los panameños, que nos distingue de los ticos, o los dominicanos, o mexicanos.  Cosas que sólo se viven estando allá y REviviendo todos esos colores y sabores.

Imposible estar lejos por tanto tiempo.  No es nada saludable ver su identidad y su cultura desvanecerse y mezclarse hasta volverse un collage de los lugares donde has estado.  No se puede perder por el camino esa esencia que te hace diferente de todos los demás.

Panamá, voy a volver más veces.  Y con menos tiempo de intervalo.  Necesito a mi familia.  Quiero reirme alto.  Quiero participar de los cuentos que sólo entre nosotros echamos.

 

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