He estado metida en este libro de Juan Gabriel Vásquez, que según el The Guardian está entre los más importantes novelistas de la nueva era literaria de Colombia.  Una chica que pertenece a mi Book Club (colombiana, por cierto) ya me había hablado de este autor.  Parece que estamos viviendo una fase pródiga en la literatura hispanoamericana: Zambra (Chile), Oloixarac (Argentina), Vásquez (Colombia).  Seguidores de Vargas Llosa, Bolaño, Cortázar, Fuentes, pero también de Dostoyevsky, Mann, Joyce,  y además lectores voraces.  Me interecé más aun cuando leí el resumen del que estoy leyendo “Historia Secreta de Costaguana” y vi que se trataba de una historia que sucedía en el Panamá  (que en aquel entonces pertenecía a Colombia) del siglo 19, durante la construcción del ferrocarril y del canal.  El relato de un hijo que no pudo conocer mucho a su padre y que fue a su encuentro (en lo que hoy se conoce como Colón) para poder saber quién era, de dónde vino y por qué él no se había quedado en su Gran Colombia con su madre.  El relato en primera persona, va dirigido a nosotros “lectores del jurado” y a su hija colonense que no pudo mantener a su lado.  Una historia de verdades y mentiras, historias y ficciones que me puso a pensar mucho en mi Panamá de aquel entonces, en las personas que formaron la nación que me vió nacer o que yo vi crecer.  No sé por qué no pude ver nada publicado en los periódicos panameños sobre este libro, que para mí adquiere una importancia para quien es de Panamá o conoce bien la costa atlántica de Colón.  Por mi parte, como hija de colonense (de Limón) y frecuentadora fiel del mar Caribe, no podía dejar de leerlo.  Con bastante humor en su narrativa y una picardía bien caribeña, el narrador cuenta la historia de su padre en Colón-Aspinwal, la ciudad esquizofrénica que era una verdadera torre de Babel en la época de la construcción de un canal hecho por franceses sin dinero, chinos que sólo hablaban chino, negros venidos de las Antillas que hablaban patuá, francés u otro dialecto, ingleses y franceses todos conviviendo con las lluvias torrenciales, la falta de estructura y con la presencia constante del mosquito de la fiebre amarilla.  Entre una anécdota y otra, narra la historia de la construcción y sus trabajadores, una historia de amor, de coraje y de valentía.  Lujuria y maldad.  Amor, vanidad.  Picardía hasta decir no más.  Un buen comienzo para penetrar en el fascinante mundo de este escritor que ya me cautivó.  Aquí, algunos trechos:

“A las nueve de la mañana del 17 de diciembre, mientras en Bogotá se le perdonaba la vida al general Melo, en el puerto fluvial de Honda mi padre subía al vapor inglés Isabel, de la compañía de John Dixon Powles, que hacía de manera corriente la ruta entre el interior y el Caribe. Ocho días más tarde, después de pasar Nochebuena a bordo, llegaba a Colón, puerto panameño que por esos días no había cumplido todavía los tres años de edad y sin embargo ya hacía parte del Club de los Lugares Esquizofrénicos. Los fundadores habían escogido bautizar la ciudad con el nombre de don Cristóbal, el despistado genovés que por puro azar se dio de narices contra una isla caribeña y sin embargo pasó a la historia como descubridor del continente; pero los gringos que construían el ferrocarril no leyeron las órdenes, o quizás la leyeron sin entenderla – su español, seguramente, no era tan bueno como creían -, y acabaron imponiendo su propio nombre: Aspinwall. Con lo cual Colón fue Colón para los nacionales y Aspinwall para los demás (el espíritu de conciliación nunca ha faltado en Latinoamérica). Y esta ciudad sin pasado, a esa ciudad embrionaria y ambigua, llegó Miguel Altamirano.”

Otro trecho que me hizo recordar a Panamá:

Y una tarde de diciembre, meintras el sol de la temporada seca – que había regresado con ese curioso talento que tiene diciembre para hacer olvidar las lluvias pasadas, para pacernos creer que en realidad Panamá es así – brillaba sobre las calles de Colón y sobre la zona entera de la Gran Trinchera del Canal, en el Jefferson House un ingeniero y su esposa deshacían baúles ya hechos.  Las ropas volvían a los armarios y los instrumentos al escritorio, y los retratros de un niño muerto volvían a ocupar la cómoda de los retratos.   Y allí se quedarían, por lo menos hasta que alguna fuerza imprevisible los derribara.  Después de todo, eran tiempos convulsos.

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