Imagínense un grupo de amigos que se dedica a una vida de excesos regada a alcohol, absinto, hashish.  El año: 1906.  El lugar: Paris, centro de experimentación artística y hogar de los más famosos artistas.   El Cuartel General: Le Bateau-Lavoir, en Montmartre.  El grupito de amigos, nada más y nada menos que los artistas bohemios Pablo Picasso, Jean Cocteau, Moise Kisling, Diego Rivera, Max Jacob y Amadeo Clemente Modigliani.  Un grupito que dejó sus nombres grabados en la historia del arte y que son considerados únicos en sus estilos.  Mentes brillantes y atormentadas, algunos burgueses, otros no tanto, que hicieron de la Paris del comienzo del siglo XX una olla efervescente llena de especias, colores, sombras, luces…aromatizantes que dejaron el mundo entero más sabroso.

Me atraen estos “misfits”, estos “outsiders”.  Todos queriendo innovar, salir del cubo, experimentar.  Estos son los que, de una manera u otra, han cambiado el rumbo de la humanidad en todas las vertientes.  Primero, criticados y rechazados.  Luego, reverenciados.  Así es.  Cuesta aceptar la genialidad cuando se nos presenta frente a frente.

Y fue frente a frente que vi la exposición Modigliani: Imagens de uma Vida (1884-1920), ayer en el MASP, Museu de Arte de São Paulo.  Sus pinturas representativas, su vida conturbada en Paris, sus esculturas y sus amores.  Modigliani quería ser escultor y comenzó tallando piedras que encontraba por ahí.  Sus imágenes longilíneas que lo caracterizan fueron apareciendo desde sus primeras obras.  Cuellos largos, nariz larga, ojos pequeños que se convirtieron también en pinturas únicas de este gran pintor.

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