Hoy, en la soledad de un bus repleto de gente, terminé de leer esa que es una de las obras más lindas de la literatura mundial. No conseguí no llorar al leer las últimas líneas…no sé si lloraba por la historia de Aureliano y Amaranta Úrsula o por ya sentirme huérfana de esa lectura que me mantuvo despierta más de lo que podía, que me mantuvo distraída y abstraída.  Fueron 13 días de amores, de guerras, de sin sabores, de lujuria, de instantes mágicos que me llevaron a Macondo, como en un vuelo en panamotor, por arriba de las casas.  Macondo.  Qué más se puede decir de este pueblo concebido por José Arcadio Buendía? Sólo sé que me sentí incluída en la historia.  Mis papás, mis hermanos, mis tías, mis primos.  Todos están allí.  Los vecinos, las calles de los turcos, los cuentos.  Qué manera de hechizarme!  Imposible no hundirse en la nostalgia con este libro.  Nostalgia de recuerdos casi olvidados…esos recuerdos que se quedan tan guardados en nuestra memoria que muchas veces nos cuesta encontrarlos. Pero están allí.  Eso es lo que despierta Cien Años de Soledad: una deliciosa nostalgia que te envuelve en maripositas amarillas y te levanta del piso para volar…volar bien alto.

José Arcadio Buendía, con la ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con una sola frase: «No me importa tener cochinitos, siempre que puedan hablar.» Así que se casaron con una fiesta de banda y cohetes que duró tres días.  Capítulo 2

Esa noche, mientras se velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio Buendía entró en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad. Blandiendo la lanza frente a ella, le ordenó: «Quítate eso.» Úrsula no puso en duda la decisión de su marido. «Tú serás responsable de lo que pase», murmuró. José Arcadio Buendía clavó la lanza en el piso de tierra. -Si has de parir iguanas, criaremos iguanas -dijo-. Pero no habrá más muertos en este pueblo por culpa tuya. Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la cama hasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el llanto de los parientes de Prudencio Aguilar.  Capítulo 2

Entonces se confió a aquella mano, y en un terrible estado de agotamiento se dejó llevar hasta un lugar sin formas donde le quitaron la ropa y lo zarandearon como un costal de papas y lo voltearon al derecho y al revés, en una oscuridad insondable en la que le sobraban los brazos, donde ya no olía más a mujer, sino a amoníaco, y donde trataba de acordarse del rostro de ella y se encontraba con el rostro de Úrsula, confusamente consciente de que estaba haciendo algo que desde hacía mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer, pero que nunca se había imaginado que en realidad se pudiera hacer…  Capítulo 2

Mientras Macondo celebraba la reconquista de los recuerdos, José Arcadio Buendía y Melquíades le sacudieron el polvo a su vieja amistad. El gitano iba dispuesto a quedarse en el pueblo. Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresada porque no pudo soportar la soledad.  Capítulo 3

Lo encontró en calzoncillos, despierto, tendido en la hamaca que había colgado de los horcones con cables de amarrar barcos. La impresionó tanto su enorme desnudez tarabiscoteada que sintió el impulso de retroceder. «Perdone -se excusó-. No sabía que estaba aquí.» Pero apagó la voz para no despertar a nadie. «Ven acá», dijo él. Rebeca obedeció. Se detuvo junto a la hamaca, sudando hielo, sintiendo que se le formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le acariciaba los tobillos con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y luego los muslos, murmurando: «Ay, hermanita: ay, hermanita.» Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres zarpazos y la descuartizó como a un pajarito.  Capítulo 5

 

 

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