Cómo se cura un corazón triste, un alma que fue lastimada, una esperanza que quedó desolada? Por lo visto, muchos ayer sintieron ese dolor agudo que penetra el corazón cuando su selección favorita es eliminada de la Copa del Mundo.  Sí, Brasil tomó una goleada histórica, de aquellas que quedarán registradas en todos los libros de fútbol de la historia.  Siete a uno.  Duele de sólo escribirlo.  Pero son cosas que suelen suceder en el mundo de los deportes.  Nadal le ganó a Djokovic en Roland Garros. Djokovic acabó con el sueño de Federer en Wimbledon.  Panamá estaba “casi” subiéndose al avión con destino a Brasil, pero México se lo impidió.  España, en esta Copa del Mundo…Bueno, mejor ni acordarse cómo quedó el pobre Casillas, gateando en el campo.  Así es.  Todo puede suceder en el fútbol y en el deporte en general.

Y volviendo a la pregunta, cómo se cura uno de un golpe de esos? Pues con arte, obviamente! Una película, un libro, un show, un ballet, un concierto, una galería de arte.  Nada como levantarse y darse un baño de alegría y leveza.  Yo, que no soy boba, hice lo siguiente: me fui a la primera sesión del cine aquí cerca de casa a ver la extraordinaria película The Grand Budapest Hotel, octava producción de uno de los directores más preocupados con la estética de cada “frame”, Wes Anderson.  Para quien está familiarizado con el cine de Mr. Anderson, es lindo reconocer sutilezas y lenguajes utilizados en sus películas: esa preocupación con cada uno de los cuadros que la componen, esos ángulos maravillosos, los travellings y los zooms de la cámara, los colores algo retro y el casting excéntricamente matador con el que cuenta.  Jude Law, Tom Wilkinson, Tilda “maravillosa” Swinton, Harvey Keitel, Edward Norton, Bill Murray, Ralph Fiennes, Adrien Brody, Willem Dafoe, Mathieu Amalric. Cada vez que aparece un personaje, aparece un suspiro o una sonrisa en el rostro.  Eso es lo que un buen casting hace.

The Grand Budapest Hotel es una película para quienes no tienen verguenza de reírse alto.  Son tantos los momentos que provoca “cag…. de la risa”.  Pero también tiene algo de melancolía y de tristeza.  La historia sucede en la ficticia república de Zubrowka, con paisajes montañosos que rememoran a los cuentos de hada, castillos incluídos y todo lo demás.  Todo comienza en 1985, cuando un escritor ya en sus 70 recuerda los tiempos que pasó trabajando (1968) en el famoso hotel y conoció al dueño del establecimiento, uno de los personajes más solitarios y tristes que había visto.  El dueño, a su vez, le cuenta la historia de su vida (flashback del flashback) y, entre aventuras, intrigas, testamentos, familias y tristezas, la historia del Hotel Budapest se va formando frente a nosotros.  Entre muebles de madera húngara, elevadores antiguos, maletas de cuero, funiculares y trenes, el ambiente de nostalgia que nos invade es perenne.  Wes Anderson logra, con maestría e ironía de las más finas, tratar la historia de la Europa del siglo 20, dejándonos un mensaje de esperanza.  Quién sino él podría contar una historia de guerras, de tiranía, sufrimiento de los pueblos e injusticia y darnos al mismo tiempo algo con qué soñar.

Es tan reconfortante ver que no todo en el mundo está perdido.  Sí, mi selección de fútbol fue eliminada, pero existe el cine de Anderson! Aleluya!  No fue por coincidencia que The Grand Budapest Hotel se llevó el Oso de Plata en el Festival de Berlin (Berlinale) de este año.  Que viva el cine de calidad!

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