Ella. De nuevo.

“Yo quisiera ser lo que me dé la gana – detrás de la cortina de la locura: arreglaría las flores, todo el día; pintaría el dolor, el amor y la ternura, me reiría a mis anchas de la estupidez de los otros y todos dirían: pobre, está loca. (Sobre todo me reiría de mí.) Construiría mi mundo que mientras viviera estaría – de acuerdo- con todos los mundos. El día o la hora y el minuto que viviera sería mío y de todos. (…)
Frida Kahlo

Árbol de la esperanza, sé sólido

Frida se encontraba en su estudio pintando, cuando apareció Diego, furioso, con una hoja de dibujo descolorida en la mano y un hacha en la otra.

– Frida, guarda tu perro, si lo cojo me lo cargo.

– Cálmate – exclamó Frida riéndose.  (Diego encolerizado le parecía cómico.)

– Se ha meado en mis acuarelas.

Frida soltó una risotada irreprimible.  Se puso la mano en la boca, tratando de aguantarse.  Pero las lágrimas le venían a los ojos y una risa loca le zarandeaba todo el cuerpo.

El perrito entró rápidamente en la habitación, vio a Diego y bajó  la cabeza corriendo hacia los pies de Frida.  Ella dejó el pincel que sostenía en la mano derecha y se puso al animal en el regazo.

– Señor Xolotl…- empezó a decir.

Diego se acercó después de bajar el dibujo mojado y el hacha; apaciguado de repente, cogió al perrito entre sus manos y lo levantó por encima de su cabeza.

– Señor Xolotl – dijo -, es usted el mejor crítico de arte que he conocido…

– …que se atreve a levantar la pata sobre la obra del gran maestro Rivera – le interrumpió Frida-.  Sí, toda obra tiene sus debilidades y el señor Xolotl es el gran experto.

Frida Kahlo, Rauda Jamís

Lloro por las mujeres

Frida, hoy te dije adiós por tercera vez.  Leyendo las últimas páginas de tu espectacular biografía, no me pude contener y lloré desconsoladamente por ti, por tu cuerpo roto y tu espírito de plomo.  Lloré por ti y también lloré por todas las mujeres. Las que sufren y las que luchan.  Las que nunca te conocieron ni te van a conocer.  Por todas esas mujeres que me han hecho aprender, que me han infectado con el virus poderoso que se llama vida.  Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón. Frida.  Frieda.  Friduchita.  La Kahlo.  La pata de palo.  Frida Kahlo de Rivera.  Eres un ser maravilloso con la fuerza de la naturaleza, un trueno.  Nunca me canso de leer y aprender con mujeres como tú…nunca puedo matar la sed que tengo de aprender a vivir con toda esa fuerza brutal y absoluta.  Fuiste una mujer que supo lo que era el dolor y a pesar de eso, abrazaste el amor con todas tus fuerzas.  Nunca te diste por vencida y quisiste luchar hasta el último día.  Cómo no amarte a ti y a esta fuerza bruta que devora la vida?  Cómo me hubiera encantado conocerte! Cuánto nos habríanos reído…y amado!

De repente, le parecía estar aún más abandonada a sí misma.  No había escapatoria posible.  Cada vez que levanta la mirada, Frida miraba a Frida, observaba su desesperación silenciosa, se derrumbaba sobre sí misma.  Frida sonreía, la Frida-espejo también sonreía, tranquilizada.  Frida se odiaba por ese hándicap, el ojo de Frida-espejo se endurecía sin complacencia.  Frida echaba de menos a Alejandro, Frida-espejo se entristecía y palidecía.  Frida escribía unas palabras en un papel, Frida-espejo lo leía todo por encima de su hombro.  Espejo implacable, compañero mirón.  Presente, inevitable. La única solución para vivir con él: adoptarlo de una manera u otra, domeñarlo, sacarle el máximo provecho.  Encontrar la manera de cohabitar, romperse la cabeza, pero encontrarla.

El espejo! Verdugo de mis días, de mis noches.  Imagen traumatizante como mis propios traumas.  La impresión constante de que te señalan con el dedo.

Mi tiempo adquiría otra dimensión.  No creo que se me pueda contradecir: el arte necesita tiempo.  Para reflexionar, para trabajar, para profundizar.  Disponía – regalo del accidente – de ese factor, si no indispensable, al menos precioso: la oportunidad de trabajar a mi aire, a mi ritmo.

Me gustan mucho las cosas, la vida, la gente.  No quiero que la gente muera.  No tengo miedo de la muerte, pero quiero vivir.  El dolor no, eso no lo soporto.

Todo un mundo miniaturizado.  No puedes funcionar a base de grandes pinceladas, requiere una atención particular y produce más calambres en la mano.  Hay que impedir que la imaginación no comporte dispersión, canalizar toda la energía que la muñeca querría desplegar.

El cuadro debe mirarte tanto como tú le miras a él.  En ese juego, creo poder decir que con cincuenta centímetros cuadrados de pintura, soy más fuerte, me atrevo a decirlo, sí, que Diego con un mural de veinticindo metros cuadrados.  Y es importante: es necesario cuestionarse las cosas de la vida.  Determinarse en relación a ellas, y así se avanza.

Qué es ser surrealista? – prosiguió Frida -. Si consiste en quitar los objetos de tu contexto para situarlos en otro, la pintura no ha hecho otra cosa en toda su historia…Si se trata de jugar al absurdo, yo no lo soy…

En una de las escasas veladas que pasé en un café, me sulfuré: Eluard defendía la pintura de Dalpi y yo ni tan sólo creo que sea un pintor.  Un realizador de imágenes, apenas…Son curiosos esos franceses.  Ponían por las nubes a un hombre como Renoir, no quiero decir que no valga nada, pero en fin, no es gran cosa comparado con Monet, por ejemplo.

The Sense of an Ending

Reading Julian Barnes’ The Sense of an Ending, you can’t help but think about your own existence.  Things you haven’t achieved and the ones you will never do….What’s the point in having a to-do-list that has been written by others? Either you stick to it or just get creative on the way…it’s up to you.   Everybody has its own path.

What did I know of life, I who had lived so carefully? Who had neither won nor lost, but just let life happen to him? Who had the usual ambitions and settled all too quickly for them not being realised? Who avoided being hurt and called it a capacity for survival? Who paid his bills, stayed on good terms with everyone as far as possible, for whom ecstasy and despair soon became just words once read in novels? One whose self-rebukes never really inflicted pain? Well, there was all this to reflect upon, while I endured a special kind of remorse: a hurt inflicted at long last on one who always thought he knew how to avoid being hurt – and inflicted for precisely that reason.  The Sense of an Ending. Julian Barnes.

Human beings whom we have failed to be…

Our friends, how seldom visited, how little known — it is true; and yet, when I meet an unknown person, and try to break off, here at this table, what I call “my life”, it is not one life that I look back upon; I am not one person; I am many people; I do not altogether know who I am — Jinny, Susan, Neville, Rhoda, or Louis; or how to distinguish my life from theirs.

‘So I thought that night in early autumn when we came together and dined once more at Hampton Court. Our discomfort was at first considerable, for each by that time was committed to a statement, and the other person coming along the road to the meeting-place dressed like this or that, with a stick or without, seemed to contradict it. I saw Jinny look at Susan’s earthy fingers and then hide her own; I, considering Neville, so neat and exact, felt the nebulosity of my own life blurred with all these phrases. He then boasted, because he was ashamed of one room and one person and his own success. Louis and Rhoda, the conspirators, the spies at table, who take notes, felt, “After all, Bernard can make the waiter fetch us rolls — a contact denied us.” We saw for a moment laid out among us the body of the complete human being whom we have failed to be, but at the same time, cannot forget. All that we might have been we saw; all that we had missed, and we grudged for a moment the other’s claim, as children when the cake is cut, the one cake, the only cake, watch their slice diminishing.

Virginia Woolf,  The Waves – 1931

On Time. While the ripples spread…

Like a symphony of waves, six lives are gathered in harmony and symmetry of selves. What an extraordinary metaphor for telling us about six lives, six friends, six selves. Soliloquies that unite in one and many.

In the pause that follows while the ripples spread, the girl to whom one should be talking says to herself, “He is old.” But she is wrong. It is not age; it is that a drop has fallen; another drop. Time has given the arrangement another shake. Out we creep from the arch of the currant leaves, out into a wider world. The true order of things — this is our perpetual illusion — is now apparent. Thus in a moment, in a drawing-room, our life adjusts itself to the majestic march of day across the sky.

If I have to wait, I read; if I wake in the night, I feel along the shelf for a book. Swelling, perpetually augmented, there is a vast accumulation of unrecorded matter in my head. Now and then I break off a lump, Shakespeare it may be, it may be some old woman called Peck; and say to myself, smoking a cigarette in bed, “That’s Shakespeare. That’s Peck”— with a certainty of recognition and a shock of knowledge which is endlessly delightful, though not to be imparted. So we shared our Pecks, our Shakespeares; compared each other’s versions; allowed each other’s insight to set our own Peck or Shakespeare in a better light; and then sank into one of those silences which are now and again broken by a few words, as if a fin rose in the wastes of silence; and then the fin, the thought, sinks back into the depths, spreading round it a little ripple of satisfaction, content.

The Waves, Virginia Woolf.

Take note of that.

Am I insane or this woman is speaking to me? I can hear her voice.  Her words penetrate right through me.  She, who has always been with me, beside me, giving me the words I need to understand the harsh realities of life.  Virginia, my dear, never leave me…stay near my soul.

I am a natural coiner of words, a blower of bubbles through one thing and another. And, striking off these observations spontaneously, I elaborate myself; differentiate myself and, listening to the voice that says as I stroll past, “Look! Take note of that!” I conceive myself called upon to provide, some winter’s night, a meaning for all my observations — a line that runs from one to another, a summing up that completes. But soliloquies in back streets soon pall. I need an audience. That is my downfall. That always ruffles the edge of the final statement and prevents it from forming. I cannot seat myself in some sordid eating-house and order the same glass day after day and imbue myself entirely in one fluid — this life. I make my phrase and run off with it to some furnished room where it will be lit by dozens of candles. I need eyes on me to draw out these frills and furbelows. To be myself (I note) I need the illumination of other people’s eyes, and therefore cannot be entirely sure what is my self.  The Waves, Virginia Woolf

The Waves – Virginia Woolf

Like the title itself, my memories come and go as I think of the days spent in London.  Not the same kind of London, but definately a worth-seeing city these days as well.  London.  London.

How fair, how strange,’ said Bernard, ‘glittering, many-pointed and many-domed London lies before me under mist. Guarded by gasometers, by factory chimneys, she lies sleeping as we approach. She folds the ant-heap to her breast. All cries, all clamour, are softly enveloped in silence. Not Rome herself looks more majestic. But we are aimed at her. Already her maternal somnolence is uneasy. Ridges, fledged with houses rise from the mist. Factories, cathedrals, glass domes, institutions and theatres erect themselves. The early train from the north is hurled at her like a missile. We draw a curtain as we pass. Blank expectant faces stare at us as we rattle and flash through stations. Men clutch their newspapers a little tighter, as our wind sweeps them, envisaging death. But we roar on. We are about to explode in the flanks of the city like a shell in the side of some ponderous, maternal, majestic animal. She hums and murmurs; she awaits us.